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HOMILÍA EN LA MISA CRISMAL 2019

“Sacerdotes con la frente alta y el corazón firme”

Queridos hermanos sacerdotes:

La celebración que hoy compartimos incluye, como todos sabemos, el rito de bendición y consagración de los oleos santos y del Crisma, que se van a convertir en materia sacramental de santificación y de sanación que, a favor del pueblo de Dios, utilizaremos en el ministerio sacerdotal. Acto seguido, se nos va a situar ante nosotros mismos, invitándonos a reconocernos, una vez más, en nuestra identidad. Lo hace con nuestras respuestas al interrogatorio en el que renovaremos las promesas sacerdotales que hicimos, para toda la vida, en nuestra ordenación.

Volveremos a identificarnos con aquel primer “Sí” que dimos a Dios, que nos eligió y llamó, y a Jesucristo, que nos invitó a su seguimiento y, por supuesto, con el “Sí” a la Iglesia, que desde el primer día nos pedía fidelidad a los compromisos sacerdotales. Conocedora de la condición humana, la Santa Madre Iglesia nos pide, una vez más, que le digamos a nuestros hermanos del pueblo santo, al que servimos, cómo nos vemos cada día en nuestro servicio ministerial. Se nos invita a repetir, alto y claro, quiénes somos, para que no se nos olvide nuestra propia historia de salvación, sobre todo la del “primer amor” (Ap 2,4).

Hacemos lo mismo que Jesús que, como hemos escuchado, se vio en la Palabra que le anunciaba en el profeta Isaías, y en ella identificó su vida y su ministerio. “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Lo que se cumple es que “el Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19).

Para eso mismo estamos ungidos nosotros, para identificarnos en la misión de Jesús. A este propósito, nos recuerda el Papa Francisco que la unción no es para perfumarnos a nosotros mismos, y mucho menos para que la conservemos en una rica ampolla… porque, si hacemos así, el aceite se volvería rancio y el corazón amargo (Homilía 28 de marzo de 2013). Como Jesucristo, nosotros somos don de Dios para los hombres, hemos sido elegidos para dispensar la vida sobrenatural, esa que dignifica y enriquece a toda vida humana. Nuestra vida es, por tanto, para el ministerio, que consiste en cuidar a los fieles que nos han sido confiados, pero sin dejar nunca de salir en búsqueda de otras ovejas, esas que, por diversas razones, se han alejado y necesitan que vayamos hasta sus refugios o hasta aquellas situaciones en las que están perdidos.  

La experiencia más fundante en nuestra vida sacerdotal es, por tanto, la discipular, es la que nos va conformando, cada vez más, en Cristo. El seguimiento de Jesucristo, el Maestro, ha de ser siempre un desafío para nosotros los presbíteros: vivir nuestra existencia en Él, en el mundo de hoy, con sus dificultades y contradicciones y renovando en cada encuentro con Él y en cada acto ministerial, su llamada. En definitiva, nuestra vocación es ser siempre presbíteros íntimamente unidos a Cristo. Por eso, ser discípulos misioneros es lo que mejor nos identifica al servicio de nuestros hermanos y hermanas. Nos define muy bien ser discípulos misioneros que acompañamos a los discípulos misioneros.

Si me permitís un desahogo afectivo y sincero, os digo que lo que más abunda en nuestro presbiterio es este sacerdocio de identificación con Cristo y de entrega generosa, a veces incluso heroica, al ministerio en favor de nuestros hermanos. “Vuestra obra es un gran bosque que crece sin hacer ruido” (Francisco, Christus Vivit, 99). Por eso, es justo que recuerde lo que también dijo el Papa Francisco en el discurso conclusivo de su reciente encuentro con los presidentes de las Conferencias Episcopales del mundo entero, referido a los sacerdotes.

«Permitidme ahora un agradecimiento de corazón a todos los sacerdotes y a los consagrados que sirven al Señor con fidelidad y totalmente, y que se sienten deshonrados y desacreditados por la conducta vergonzosa de algunos de sus hermanos… Agradezco en nombre de toda la Iglesia, a la gran mayoría de sacerdotes que son fieles y se gastan en un ministerio que hoy es cada día más difícil. Y gracias también a los laicos que conocen bien a sus buenos pastores y siguen rezando por ellos y sosteniéndolos».

Con estas palabras hace el Papa un acto de justicia, que en realidad sé que lo deseabais y necesitabais en estos momentos en los que obispos y presbíteros estamos sufriendo un acoso mediático por los pecados y, a veces, delitos cometido por algunos de nuestros hermanos. Ojalá que estas palabras del Sucesor de Pedro nos ayuden a vivir con la frente alta y el corazón firme en esta situación martirial que nos está tocando padecer.

A mi entender, hay dos remedios para que este acoso que padecemos no nos haga daños ni a nosotros, ni a la Iglesia, ni a quienes necesitan confiar en sus sacerdotes: uno es la fraternidad y otro la fidelidad. La fraternidad, que es sostén de la vida de los presbiterios diocesanos, será el mejor antídoto contra el daño moral que nos puedan hacer los ataques que tanto nos desconciertan y duelen. Si estamos divididos, si estamos unos contra otros, si desconfiamos los unos de los otros o si algunos se convierten en acusadores de sus hermanos, nos exponemos a presentar una imagen distorsionada y ajena a la verdad de lo que la mayoría es y hace y estamos ofreciéndole una coartada fácil a quienes nos atacan, con intención clara de hacer daño a la Iglesia y a su misión en el mundo.

Hace unos días, el Papa emérito Benedicto XVI, rompiendo su silencio, publicaba algo que, a mi entender, es un lúcido análisis de la situación en la que hoy estamos metidos. El demonio y sus seguidores quieren hacernos ver que el pecado en la Iglesia es el gran fracaso de Dios, que la Iglesia pecadora es algo malo en su totalidad. Por eso, su ataque a la Iglesia va dirigido directamente al mismo Dios. Y eso lo hace desde fuera, pero también desde dentro. Su lema podría ser: cuanto menos Iglesia, menos Dios. Por eso, nos recuerda Benedicto: “La Iglesia de Dios sigue existiendo hoy, y sigue siendo instrumento a través del cual Dios nos salva. Es muy importante oponer a todas las mentiras y medias verdades del demonio toda la verdad: sí, hay pecado y mal en la Iglesia. Pero existe también hoy la Iglesia santa que es indestructible. Sigue habiendo muchos que creen con humildad, sufren y aman, en quienes el Dios real, el Dios que ama se nos manifiesta. Dios sigue teniendo hoy sus testigos (mártires) en el mundo. Tenemos que estar atentos para verlos y oírlos“Recordemos – acaba de decir el Papa Francisco – que no se abandona a la Madre cuando está herida, sino que se la acompaña para que saque de ella toda su fortaleza y su capacidad para comenzar siempre de nuevo” (Chistus vivit, 101).

La Iglesia tiene, como remedio de estos males, la fidelidad de muchos sacerdotes. La Fidelidad le da su verdadero rostro a nuestra identidad y es garantía de nuestra credibilidad. Nuestro compromiso está en no abandonar nunca la esencia de nuestro ser sacerdotal; pero ha de ser una fidelidad que se adapte a la creatividad, sin traicionar lo esencial. Esa fidelidad renovada y creativa, a mi modo de ver, requiere mantener dos líneas de atención: una imprescindible: la que nos mantenga siempre situados en la voluntad de Dios y en la identificación y el seguimiento de Cristo. La otra línea de atención será mantenernos muy atentos, con un cuidadoso discernimiento, a los signos de los tiempos. Un presbítero no ejerce del mismo modo su ministerio a lo largo de toda su existencia sacerdotal: poco a poco, y a veces demasiado rápidamente, cambian las exigencias de la acción pastoral que se nos reclama en los diversos momentos de la vida ministerial.

Para los que ya llevamos muchos años en el ministerio, no es lo mismo ejercerlo hoy que cuando nos ordenamos. Por eso, quien tiene que cambiar, al ritmo del Espíritu, somos nosotros. A veces, para justificarnos por habernos estancado en estilos y en formas ministeriales escasas y sin dinamismo, nos quejamos de un cierto agobio pastoral, que supuestamente nos arrolla con nuevos planteamientos e iniciativas misioneras. Otras veces, sin embargo, hay que reconocer que no siempre todos podemos seguir el paso que se pide. Os lo digo con todo cariño, si actuáis en conciencia, haced lo que podáis. Lo que sí pediría, porque eso sí está en manos de todos, es que confiarais y animarais a los laicos. Cada vez hay más que quieren, saben y pueden y se siente enviados a evangelizar cuando descubren el significado de su Bautismo.

Lo que sí es irrenunciable es que en el mundo de hoy hay que coger un ritmo alto e incisivo en el anuncio del Evangelio. “La Iglesia existe para evangelizar”, nos recordaba Evangelii Nuntiandi, 14. Hermoso “eslogan” millones de veces repetido, de tal manera que, si no se verbaliza, quedamos en mal lugar. Sin embargo, hay que reconocer que, ha tenido bastantes dificultades para abrirse camino en la práctica y está necesitando mas tiempo de la cuenta para mover y configurar nuestros corazones de enviados. Dejemos que este mandato de Cristo, que siempre está en el trasfondo de una Iglesia misionera, nos impregne de caridad pastoral y haga de nosotros animadores creativos de comunidades misioneras que tomen conciencia de su vocación de ser portadoras de la alegría del Evangelio, con el sueño misionero de llegar a todos. En esta sociedad nuestra, que inequívocamente necesita ser evangelizada, los presbíteros hemos de saber actualizar la mentalidad, el corazón y la mirada, poniendo toda nuestra atención en la compasión y la misericordia con que Dios mira la vida de las personas y la realidad sufriente del mundo.

Esto lo digo a propósito de un mayor compromiso misionero en esta experiencia concreta de misión diocesana que estamos haciendo. Son preciosas las experiencias que la gran mayoría de vosotros estáis disfrutando junto a vuestras comunidades. Pero, me consta que todavía se necesita algún empuje. Por eso, si alguno aun tiene dudas de sí vamos o no por el buen camino, os pregunto:  

¿No os parece que no podemos seguir como si nada estuviera sucediendo? ¿No os parece que estamos obligados a reaccionar ante los grandes retos que tenemos por delante con actitudes e iniciativas misioneras?

Pidámosle a la Santísima Virgen de la Cabeza que, con su limpia y maternal mirada, la que nos dirige desde el balcón de su corazón abierto en su Santuario de Sierra Morena, que alargue nuestra mirada, la haga amorosa, la anime a una clara conversión pastoral, y que convierta a nuestra Diócesis de Jaén en una Iglesia en salida.

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